A veces es realmente interesante notar cómo distintas personas reaccionan de manera diferente a ciertas palabras. Hay dos palabras que siempre me gusta tener a mano cuando me preguntan qué opino de algo o de alguien, porque tienen ese aspecto ambiguo que les permite sonar como un cumplido, aunque yo no tenga una opinión tan positiva sobre el tema.
Esas dos palabras son “interesante” y “especial”. En apariencia suenan positivas, y con mayor frecuencia se usan de manera positiva. La próxima vez que alguien le ofrezca una copa de vino casero y le pregunte qué le parece, le sugiero la respuesta “¡interesante!”, que le permite parecer entusiasta aunque no lo sea.
En esa misma línea, también conozco a mucha gente “especial”, pero eso no significa que quiera pasar mucho tiempo con todos ellos, del mismo modo que podría rechazar una segunda copa de su vino.
Pero las palabras que quiero destacar hoy son adjetivos que se nos han atribuido a mí y a mi padre. Empecemos por mi papá, que compró una granja como proyecto previo a su jubilación, antes de mudarse allí de tiempo completo.
Con los años, logró usar muchas de las habilidades y los hábitos que había perfeccionado como empresario y los aplicó a distintas áreas de su granja. Después de algunos años trabajando su huerto de manzanos, los vecinos empezaron a pedirle consejo y opinión sobre cómo manejar sus explotaciones, aunque ellos le llevaban un par de generaciones de ventaja.
Cuando se dedicó a la cría de ganado de carne, se convirtió en la persona de referencia en su zona para quienes buscaban mejorar sus rebaños. Realmente llegó a ser muy competente en un campo en el que no tenía mucha formación, pero aprendía rápido.
Entonces, ¿qué era lo que más lo molestaba? Que la gente se refiriera a él como un “granjero caballero” (gentleman farmer). Ahora bien, “caballero” no suele percibirse como un insulto, pero para él era como si la gente insinuara que no era tan bueno como los demás granjeros, y en ese punto concedo que tal vez tenía razón. “¿Qué pensarían de alguien que fuera un ‘abogado caballero’ o un ‘médico caballero’?”, decía. Buen punto, papá.
El fin de semana pasado estaba tomando el último de mis cinco cursos de coaching y, en una conversación antes de la clase con uno de los instructores, él mencionó de pasada algo sobre mí que tomé como un cumplido, cuando dijo: “Todos conocemos a Steve el campechano (folksy Steve), ¿qué tal si hoy intentas…?”. Lo que sugirió no importa aquí, pero me gustó que me llamara “campechano”, porque me hizo pensar en “amistoso, buen vecino, sociable y sin pretensiones”.
Sin embargo, cuando le mencioné a mi esposa lo de “Folksy Steve”, debieron ver la mirada que me lanzó. “¿Campechano? Eso no es muy amable. ¿Acaso cree que eres algún tipo de granjero?”
A mi esposa le vino a la mente una clara connotación negativa. Cuando decidí buscarlo, descubrí que también existe esa definición, es decir, “a veces se usa de forma despectiva para describir una sencillez afectada”. Está bien, querida, hay una lectura negativa, pero estoy bastante seguro de que no era lo que él quiso decir.
Eso, de hecho, saca a relucir el vínculo interesante aquí, y felicidades si lo captó. En la expresión “granjero caballero”, a mi papá le ofendía la palabra “caballero”, pero para mi esposa, la palabra que le gusta usar como insulto es “granjero”.
Los quiero a los dos, pero tal vez sea solo porque soy campechano.
