No suelo empezar estas entradas de blog con citas célebres, pero mucha gente inteligente lo hace, así que ¿por qué no intentarlo? A principios de esta semana estaba leyendo una de las cartas diarias a las que estoy suscrito, The King Report, de Bill King, de Chicago. Terminó su texto del día con esto:
“Cuando uno quiere ayudar a la gente, le dice la verdad. Cuando uno quiere ayudarse a sí mismo, le dice lo que quiere oír”. -Thomas Sowell.
De inmediato imprimí esa página, resalté la cita y la guardé para usarla en algún momento como tema de blog. Se la mostré a mi socio Tom, a mi esposa y a mis hijos. Cuanto más la leía, más me gustaba. Permítame explicarle por qué.
Creo que demasiadas personas forman parte del grupo de quienes tienden a ponerse en primer lugar y decirle lo que usted quiere oír en vez de decirle la verdad. En el caso de las personas ricas y poderosas, ocurre con mayor frecuencia aún.
Mi padre era un jefe muy duro, pero era justo. Solía decir que no tenía que regañar a la gente, solo tenía que decirle la verdad. Y sí, a veces la verdad dolía. Era muy expresivo y hablaba fuerte, y cuando le tocaba a uno escuchar la verdad, podía estar seguro de que otros también la oían.
Por fácil que hubiera sido tratar de “protegernos” y caer en un modo de “dile lo que quiere oír”, eso solo habría empeorado las cosas.
Las personas que trabajaban para él y que estaban dispuestas a darle su verdadera opinión eran aquellas con las que más contaba.
Cuando le mostré la cita a Tom, de inmediato nos trajo a ambos todo tipo de recuerdos. Éramos dos de las personas que más tiempo trabajaron para él, y confiaba en nosotros para muchas cosas. De vez en cuando nos decía que, si lo único que hacíamos era estar de acuerdo con él, en realidad no nos necesitaría. Nos volveríamos prescindibles si fuéramos simplemente unos “yes-men”, de los que dicen a todo que sí.
Haber pasado tantos años en este tipo de relación con nuestro jefe nos trajo muchos beneficios a ambos. Le decíamos la verdad y recibíamos mucha verdad a cambio. Los intercambios solían ser enérgicos y ruidosos, pero siempre positivos, orientados a acercarnos a la mejor decisión o línea de acción, y sin resentimientos persistentes.
Dábamos una opinión, nos la echaban abajo, aguantábamos los golpes y seguíamos con el debate. La decisión final a veces terminaba pareciéndose mucho a las que habíamos sugerido, y sabíamos que habíamos contribuido a orientar el resultado correcto, aunque nunca escucháramos “oigan, tenían razón”. Lo sabíamos. Él era el jefe, estaba en la cima, era el responsable final de todo lo que decidiéramos.
Hoy en día, a veces me pongo a despotricar sobre algo cuando hablo con Tom, y él normalmente se queda ahí sentado sonriendo. Por lo general es solo un enojo fingido, y parece más un número cómico que otra cosa. Pero me trae recuerdos de trabajar para alguien con tanta energía y pasión, que no tenía miedo de mostrar sus sentimientos.
Tom se ríe de mi enojo fingido y me recuerda que, después de todas las veces que recibió regaños de “The Big Guy”, cualquier cosa que yo pudiera lanzarle le parecería una brisa ligera después de un tornado.
Todo esto para decir que ambos tenemos mucha experiencia en decirle la verdad a la gente, incluso cuando contiene elementos que en realidad no quiere oír. Es esencial para lo que ofrecemos a nuestros clientes, porque probablemente ya tienen demasiados asesores del otro tipo.