Desde que mi padre falleció en 2008, cada Día del Padre despierta en mí una variedad de emociones.
Por un lado, estoy muy agradecido por los sacrificios que mi padre hizo por su familia, y eso casi a lo largo de toda su vida. Por otro lado, mi reflexión se vuelve difícil, ya que siento la tentación de compararme con él.
Y de ahí el título que le di a este blog, un juego de palabras entre “père” (padre) y “paire”, que en francés suena igual que “pair”, es decir, un par, un igual.
Quienes tienen hijos están casi todos de acuerdo en que todo cambia en el momento en que uno se convierte en padre o madre; no hay muchas excepciones al respecto.
Y entre los hombres que conozco que han perdido a su padre, buena parte comprende lo acertado de la expresión: “Es cuando tu padre muere que te conviertes de verdad en un hombre”.
El Día del Padre, para mí, como padre, sigue siendo bastante especial. Mis dos hijos se ven obligados a admitir que soy un papá más o menos “adecuado” para ellos. Cuando estaban en la primaria, volvían de la escuela con tarjetas y regalos hechos en la escuela con amor.
Me encanta contarles historias de los días del padre de mi juventud, cuando mis hermanas y yo intentábamos desconcertar a nuestro padre con regalos extraños.
Mi padre era un hombre serio, y mientras estuvo en los negocios eso le sirvió bien. Al jubilarse se había vuelto un poco más accesible, sobre todo con la llegada de sus nietos.
Pero volvamos al juego de palabras, padres y pares. Mi papá no tenía muchos pares en su vida. Él era el “jefe”, en la oficina y en casa.
Con el tiempo, al envejecer, aceptó que ya no era él quien debía, ni quien podía, controlar todos los aspectos y decisiones de su vida. Casi de golpe, abdicó de su papel de jefe para aceptar las decisiones de sus hijos. Lamentablemente, ya había ingresado al hospital por última vez cuando eso sucedió.
Durante los años en que trabajamos juntos en nuestro “family office”, incluso hacia el final, cuando yo tomaba la mayoría de las decisiones, a menudo sin consultarlo antes, siempre estuvo claro que él era el padre Y el jefe, y que yo era el hijo Y el empleado.
No sé si es porque vivimos en una época más moderna o si es simplemente mi estilo de crianza, pero no recomiendo esa forma de hacer las cosas.
Por mi parte, estoy ansioso de que mis hijos se conviertan en mis pares. Todavía no llegan ahí, y aún tienen mucho que aprender, tanto de sus dos padres como de la escuela.
En algunos ámbitos, en particular todo lo relacionado con las computadoras y la tecnología, ya nos llevan ventaja, como era de esperar. En otros, se nos acercan a pasos agigantados.
Pero personalmente me enorgullece mucho confiar en ellos en todas las cuestiones relativas a sus decisiones personales, ofreciéndoles mis consejos, pero sin decirles qué hacer.
No tengo ninguna ambición de controlar a mis hijos, y quiero que se conviertan en mis pares bastante pronto.
Me gustaría convivir con ellos en un ambiente de colaboración y de ayuda mutua durante muchas décadas más.
Creo que esta actitud también podría ser beneficiosa para otras familias. Las familias en las que el padre lo controla todo hasta su muerte son cosa del pasado, ¿no es así?
Los dejo reflexionar sobre eso.