Hace poco tuve la oportunidad de almorzar con un hombre que forma parte de la segunda generación (G2) de su familia emprendedora y, como de costumbre, aprendí muchas cosas nuevas sobre su familia, pero también escuché viejas historias comunes.
Cuando digo que las historias eran comunes, quiero decir que, aunque cada familia se cree única (lo cual es CIERTO), eso no significa que esa familia no pueda beneficiarse de las ideas y soluciones que otras familias ya han utilizado.
Y, como sucede tan a menudo, las situaciones que preocupaban a este señor no eran necesariamente cuestiones relativas a las empresas que posee la familia, sino más bien a las relaciones entre los miembros de su familia.
El tiempo que pasamos juntos fue muy gratificante para mí, ya que el hombre acababa de leer mi libro, Shift your Family Business, y que me citara pasajes que yo había escrito era algo un poco nuevo para mí.
Había apreciado mis ideas sobre la importancia de pensar en un futuro en el que la generación que hoy tiene el control ya no esté a cargo, y de tomar la iniciativa organizándose, como familia, para asumir la sucesión.
Pero aunque las transiciones del lado de la “empresa” ya están en parte en marcha, es sobre todo del lado de la “familia” donde los futuros problemas tendrán aún más consecuencias, y deben cuidarse todavía más de ellos.
La buena noticia para él es que tiene una hermana que parece tan preocupada como él por el hecho de que ha llegado el momento de actuar. Además, en esta familia también hay al menos un miembro de la tercera generación (G3) que opina que sería importante actuar ahora, mientras el líder de la G1 todavía está presente.
Y de ahí el título de este blog. Al reflexionar sobre su situación, intentaba encontrar una manera de explicarle a esta familia cómo el interés de los distintos miembros de la familia podría resultar muy pertinente para ellos.
Esta feliz situación incluso podría casi garantizar que su familia logre avances realmente interesantes, en comparación con las familias en las que cada miembro se cree solo e impotente para mover las cosas por sí mismo.
Finalmente decidí optar por una analogía matemática, y quiero compartirla con ustedes aquí.
Si una persona que actúa sola puede tener un efecto sobre una situación que se mide con un factor de 1, propongo que, al trabajar juntas, dos personas podrían tener un efecto exponencial, es decir, 2 elevado a la 2.ª potencia, con un resultado de 4.
Evidentemente no tengo pruebas científicas de la teoría que planteo, pero piénselo un momento.
En una familia con quince o veinte miembros en las tres generaciones, la fuerza que pueden tener dos miembros que actúan juntos, para hacer sugerencias, emprender gestiones o hacer cambios, tiene que ser muy superior a los resultados que una persona sola podría esperar.
Vayamos un poco más lejos ahora. Si los dos primeros lograran convencer a otro miembro de la familia de sumarse a su causa, ¡imaginemos cómo mejorarían sus probabilidades con tres!
Sostengo que podríamos aplicar exactamente la misma fórmula que antes, es decir, que con 3 personas llegaríamos a un factor de 9, o 3 por 3.
La idea de organizarse en familia a menudo genera vacilación entre quienes ven los obstáculos con más claridad que los beneficios. Al unirse, poco a poco, los miembros interesados en estas iniciativas se dan la oportunidad de superar los primeros obstáculos y de crear impulso.
Estos son los consejos más importantes que puedo darles sobre la participación (o no) de los miembros de la familia a quienes inviten a unirse:
- Pueden definir el grupo al que apuntan de cualquier manera lógica que quieran (p. ej., solo G2; G2 y cónyuges; G1 y G2, solo familia; solo G3; etc.);
- Es más fácil empezar con un grupo pequeño;
- Una vez definido, para cualquier reunión, deben invitar a todos los miembros de ese grupo;
- No pueden obligar a nadie a participar.
Con esto, les lanzo el desafío. ¿Tienen el valor que hace falta?